viernes, abril 21, 2017

Domingo de Resurrección

Fue el 16 de Abril de 2017, aunque recién estrenado. Hora entre las 0:40 y la 1:00. Noche de luna de llena a cuarto menguante, primaveral, unos 15º. Lugar, la no siempre pacífica ciudad de Astorga.
De vuelta a casa, con Elena, mi mujer, y después de pasear por el Centro, tomar unas cañas con sus correspondientes pinchos en el GPS y la Verja, saboreando y paladeando la preciosa noche, a la altura del Palacio nos cruzamos con un chico de complexión normal, andares y movimientos algo desacompasados y pelo negro más bien encaracolado, a cuerpo, con unos grandes cascos en los oídos y hablando alto, él solo, en castellano. Yo pensé que hablaba con alguien por teléfono, pero no, monologaba sobre el reparto del mundo entre materia y antimateria, que viene a ser una forma más elaborada del buenos y malos de toda la vida.

Casi inmediatamente después de cruzarnos, el cambió el sentido que llevaba y continuó detrás de nosotros, unos 100 metros, como desde el comienzo de la Catedral hasta el Aljibe. No paraba de hablar, muy alto, sobre cosas inconexas que daban vueltas alrededor de un tema central, que había que matar a todos los judíos porque eran los culpables de todo lo que estaba pasando… que tampoco explicó lo que era.

En el paso cebra del Aljibe al antes Árbol y ahora Día, se puso a nuestra altura. Lo miré insistente y amenazantemente con el puño cerrado que contenía la parte de una llave visible entre los dedos índice y anular. Esa mirada pretendía ser disuasoria. No hubo comentarios, él también me miró. Momentáneamente cayó y dio unos pasos atrás.

Tras el paso cebra, aceleramos nuestro, hasta entonces, plácido paseo. Nos seguía siguiendo a unos 10 o 12 pasos, con su monólogo tenebroso y ribeteado de Apocalipsis.

Íbamos nerviosos por la Avenida de Ponferrada, acera del Restaurante Las Murallas, Elena, más que yo. Doblamos en Oliegos y aceleramos aún más el paso para tratar de alejarlo. No fue posible.
Subiendo la cuesta, adelantamos a tres personas, dos mujeres y un hombre de unos treinta y tantos. Pensé que eso sería un freno para nuestro perseguidor, pero me equivoqué.

Llegamos a casa abrí la puerta y Elena entró. Yo me di la vuelta para encontrarme con él, que estaba muy cerca y, creo, con pretensiones entrar en nuestra casa. Di dos pasos, y a menos de un metro de él, le amenacé, ahora si verbalmente y con el puño en alto. Le dije que si daba un paso más de la hostia que le daba llegaba a la pared contraria, de la Escolapias. Lo repetí otra vez con más énfasis. Pasaron las tres personas recién adelantadas con mirada y cara de no meterse en líos.

Tenía una mirada ida, como quién mira a dos lugares distintos a la vez y sin estrabismo. Retrocedió 3 o 4 pasos. Me di la vuelta, entre en casa y cerré con llave.
Ya dentro de casa veíamos sus movimientos y oíamos sus voces enfrente de nuestra puerta de hierro y cristal traslúcido mientras olisqueba si había alguna otra forma de acceso, supongo. Quise salir de nuevo y poner fin a aquello, pero fui disuadido por Elena.

Llamó al 091, le pidieron la descripción del asaltante, se la dio y le comentaron que ya sabían de quién se trataba, que estuviera tranquila y que vendrían en un momento. Nuestro acosador, siguió merodeando por la casa unos 5 o 10 minutos, de forma que cuando llegaron los dos agentes de la Policía Nacional, aun se lo encontraron allí.

Me pidieron la documentación, se la di. Les conté lo que había pasado, trataron de tranquilizarme. El “presunto” que no llevaba DNI, les dijo llamarse Cesar y dos apellidos catalanes que no recuerdo. Dijo que había vivido en Barcelona y ahora vivía en la Calle del Pozo de Astorga. Mientras estaba contra la pared y lo cacheaban, continuaba con que a los judíos había que matarlos a todos, y que nos había seguido porque había visto nuestra mirada de judíos, y que los malhechores necesitaban un castigo. También identifico como judía la agente policía.

Nos dijeron que era inofensivo, que no iba armado, que no nos preocupáramos, y que en caso de haber algo, que llamáramos de  nuevo. Y a él, que se fuera para casa o que ellos lo iban a acompañar y que no saliera más en toda la noche.
Así acabó la noche de gloria que da paso al Domingo de Resurrección. Yo me tomé una copa y Elena se acostó vestida. Ella dice que por si acaso.

El día siguiente pasé por el Centro de Policía Nacional de las Murallas a enterarme de que había pasado finalmente. Una agente muy educada y correcta me dijo que ya lo conocían, que era de Barcelona, que había llegado hace más o menos un mes, que no pagaba en la pensión donde estaba y que ya había causado algún que otro incidente. Que no podían hacer nada… mientras no hubiera algo más serio, léase sangre, muerte, etc.

Que más quisieran ellos que poder hacer algo… pero parece ser que están atados de pies y manos, los Policías Nacionales, digo.

Todo esto cuando aún está tierno el caso de Denise en el Camino de Santiago, que tuvo lugar a escasos kms de donde esto ocurre.

La sabiduría popular, acuñada en refranes, tiene uno muy bueno para situaciones como esta. Y es: “De que muerto el burro, la cebada al rabo”… muy oído por estos lares.

Juan A. Cordero


Barcelona, 21 de Abril de 2017